Ayer, esperando el micro, vi las manos de un tipo. Cuarenta y algo. Dedos gruesos. Callos donde no se ven en las fotos — en la base del meñique, en el borde exterior del pulgar. No eran callos de guitarrista ni de levantar pesas. Eran callos de apretar algo. Algo que llevaba apretando mucho tiempo.
Me quedé mirándolos hasta que el micro llegó. Y pensé una cosa media incómoda: los míos deben estar ahí también. Solo que yo no los toco.
Lo que ya no está.
La mitad de las cosas que aprieto ya no existen. Conversaciones que se terminaron hace meses y sigo contestándolas mentalmente. Una respuesta que merecía y nunca llegó. Un escenario donde alguien entiende lo que pasó y me lo dice — escenario que nunca va a ocurrir, pero en el que gasto como diez minutos de lucidez cada día.
La mano cerrada contra el aire. Y el callo creciendo.
Epicteto lo dijo hace dos mil años y no tenía WhatsApp, así que imagina ahora. La dicotomía del control no es una frase motivacional — es una herramienta de presupuesto. Tu atención no es infinita. Cada gramo que va a lo que no te corresponde mover es un gramo menos para lo que sí.
Línea en el suelo.
Un ejercicio que no da likes pero sí afloja dedos: agarras una hoja. Trazas una línea vertical. Izquierda: lo que depende de ti hoy — lo que comes, a quién llamas, qué mueves antes de las seis, cómo respondes al mensaje que acaba de entrar. Derecha: lo que no — el ánimo del otro, su capacidad de entender, el pasado completo, la justicia cósmica.
La mayoría de lo que te tiene apretado vive en la columna derecha. Y ahí no hay nada que hacer excepto nombrarlo y dejarlo pasar.
No es resignación. Es contabilidad.
La praxis.
Esta semana, una cosa: cuando te cachas apretando, para. Abre la mano, literalmente. Dile en voz baja "esto no me toca". Y devuelve la atención a lo que sí está en tu columna. No es espiritual. Es ergonómico.
El callo no se va de inmediato. Pero la mano deja de apretar. Y con eso ya alcanza para que mañana puedas sostener otra cosa.
Vamos a hacerla linda. No porque haya escombros. Porque ya por fin tengo con qué.