Sentir no es culpar
Una emoción no es un veredicto; es una pista que todavía no sabe de dónde viene.
Alguien siente una molestia hacia una persona que quiere, sin explicarla del todo, y en un segundo ese sentimiento se vuelve sentencia: esto que siento es tu culpa. El salto de "esto me duele" a "tú tienes la culpa" se siente tan natural que ni se nota como salto. Son, sin embargo, dos afirmaciones distintas, y confundirlas es una de las trampas más comunes del corazón. Convertir un sentimiento en sentencia es más fácil que quedarse con la incomodidad de no saber de dónde viene lo que uno siente. Culpar cierra el caso. Comprender lo deja abierto, y lo abierto incomoda.
Baruch Spinoza, que pulía lentes en Ámsterdam para vivir, escribió en la Ética, de 1677, la frase que resuelve el nudo: no reír de las pasiones, no llorarlas, no detestarlas, sino comprenderlas. Un afecto —la irritación, el deseo— no es una falta moral: es el efecto de una cadena de causas, tan natural como que una piedra cae al soltarla. Nadie elige sentir molestia hacia alguien querido como quien elige una camisa; llega porque algo, casi siempre más viejo de lo que parece, la produjo. El error no está en sentir, sino en convertir el afecto en juicio en vez de rastrear su causa. Comprender esa cadena, decía Spinoza, es la libertad misma: no la ausencia de pasiones, sino dejar de ser su esclavo por no entenderlas.
Queda una pregunta más difícil: ¿por qué es tan insoportable sentir cariño y molestia por la misma persona a la vez? Donald Winnicott, psicoanalista inglés de mediados del siglo veinte, describió un paso del desarrollo que llamó la capacidad de preocuparse. Al principio, decía, un niño no puede sostener que quien a veces frustra y quien a veces satisface sean la misma persona: la separa en dos, porque juntarla parece insoportable. El logro —algo que se conquista, insistía Winnicott, no que viene dado— llega cuando esa separación se cierra: cuando se sostiene que es una sola persona, capaz de las dos cosas, y se la quiere entera, frustración incluida. Se practica toda la vida, cada vez que se quiere a alguien lo bastante cerca como para que también duela. Decir "la quiero" y "hoy me irrita" en la misma frase no es incoherencia: es ese trabajo, funcionando. Y la culpa por sentir la molestia suele ser el residuo de esa vieja dificultad, no una prueba de estar fallando en el cariño.
Falta una pieza: el corazón desbordado también elige a quién acercarse. Erich Fromm, en El arte de amar, de 1956, distingue dos formas de necesitar a otro. La inmadura dice: te amo porque te necesito —para no estar solo, para escapar de algo—. La madura invierte la fórmula: te necesito porque te amo —el amor es primero un acto de dar; la necesidad es su consecuencia—. Cuanto más vacío hay que llenar, más intensa se siente la sensación de estar enamorado, advierte Fromm, y esa intensidad se confunde con la prueba de amor real, cuando puede ser la medida de cuánto se usa al otro como salida.
Junta las tres voces y el cuadro queda entero. Lo que se siente no pide un culpable: pide que se le siga el rastro a su causa, y ese rastreo, no la condena, es lo que libera. Querer a alguien y sentir molestia por esa misma persona no es contradicción: es el logro más maduro que existe. Y cuando se ama, que sea porque se elige dar, no porque se necesita escondite.
Cómo se usa esto. Primero: ante una emoción incómoda hacia alguien querido, dila así —siento esto— y para ahí, sin correr a nombrar culpables. Segundo: si se quiere a alguien y también irrita, sostener la frase completa en una respiración —lo quiero, y hoy me molesta—. Tercero: frente a un cariño nuevo o incierto, una sola pregunta sin apuro: esto que se siente, ¿busca dar algo, o busca escapar de otra cosa?
Nada de esto invita a dejar de sentir ni a no responsabilizarse nunca: a veces la molestia sí viene de algo real que el otro hizo, y ahí corresponde nombrarlo. La diferencia no es culpar o no culpar jamás: es no dar el salto automático, sin mirar, de esto me duele a tú eres el culpable.
Eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo