Lo que se queda
Crónicas del lado bueno
Hay un momento, en cualquier pérdida repentina de un lugar o un rol, en el que la mente hace dos cosas casi a la vez: procesa lo que pasó, y empieza a proyectar todos los escenarios de cómo eso podría salir mal. Lo segundo casi siempre duele más que lo primero, y llega mucho más rápido de lo que se puede pensar con calma.
Séneca, filósofo y estadista romano que escribió buena parte de su obra bajo la sombra constante de la inestabilidad política —cayó en desgracia, fue desterrado, y finalmente obligado a quitarse la vida por orden del emperador Nerón—, conocía este mecanismo de primera mano. En sus Cartas a Lucilio, escritas hacia el año 65, en la carta trece, deja una de las frases más precisas sobre el miedo anticipatorio: hay más cosas que nos aterran que las que realmente nos hacen daño, y sufrimos más en la imaginación que en la realidad. No dice que el miedo sea falso, ni que lo que pasó no importe. Dice algo más específico: buena parte del sufrimiento de un golpe así no viene del hecho consumado, sino de la mente ensayando en bucle los peores desenlaces, como si eso los hiciera más manejables. Séneca no pide dejar de sentir miedo. Pide notar la diferencia entre el problema real de hoy y el problema imaginado de los próximos meses, que todavía no existe.
Queda una pregunta más difícil: si una estructura entera se rompió —un lugar, un rol, la base que sostenía buena parte de la identidad—, ¿qué queda? Aquí ayuda una voz que pensó esta pregunta desde el lugar más extremo en que un ser humano puede pensarla. Viktor Frankl, psiquiatra austríaco que sobrevivió varios campos de concentración nazis, escribió en 1946, apenas terminada la guerra, El hombre en busca de sentido, donde describe algo que observó en sí mismo y en otros prisioneros: incluso cuando a una persona se le arrebata todo —el trabajo, el estatus, el futuro previsible—, queda una última libertad que nadie puede quitarle: elegir la propia actitud frente a lo que queda, y actuar con responsabilidad dentro de ese espacio, por pequeño que sea. El sentido no se encuentra esperando a que las circunstancias mejoren, sino en la responsabilidad concreta que se puede ejercer hoy, con lo que hoy se tiene.
Junta las dos voces y el día se ordena, no sin dolor, pero con más dirección de la que parece a primera vista. Séneca dice: separa el miedo que imaginas del problema que de verdad tienes hoy. Frankl dice: cuando se cae una estructura entera, lo único irrompible es la capacidad de responder con responsabilidad a lo que queda.
Dicho simple: primero, separar el problema de hoy del miedo de los próximos meses. Vale la pena hacer dos columnas: lo que hay que resolver esta semana, y lo que la mente proyecta sobre los próximos meses. No hace falta resolver la segunda hoy — alcanza con nombrarla como lo que es: imaginación, no hecho consumado.
Segundo: actuar desde lo único que sí depende de uno. No hace falta resolver todo el futuro de una vez. Alcanza con una decisión pequeña y concreta, hecha con responsabilidad. El sentido se construye ahí, no en la certeza de que todo va a salir bien.
Tercero: dejar que el miedo y la tristeza estén, sin que decidan por uno. No es un momento para fingir calma. Es un momento para sentir lo que hay y, a la vez, hacer la siguiente cosa pequeña y responsable que sí está en las propias manos.
Nada de esto invita a negar el miedo ni a maquillar la pérdida con frases de superación instantánea. La diferencia está en no dejar que la imaginación del peor futuro decida las acciones de hoy, confiando en que la última libertad —elegir la actitud y actuar con responsabilidad— sigue intacta, incluso en el peor de los días.
Lo que queda, al final, es más simple de lo que promete el miedo: el sufrimiento imaginado casi siempre pesa más que el hecho real, y cuando una estructura se rompe, sigue quedando una última libertad. Eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo