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Ensayo · Séneca

Insistir no es gustar

El deseo que se administra deja de ser deseo, y la táctica delata lo que quiere esconder.

29 julio 2026 3 min Séneca · José Ortega y Gasset · René Girard

Once de la mañana, el teléfono boca abajo sobre la mesa. Se puso así hace veinte minutos, y ya se volteó cuatro veces.

La noche anterior fue buena: música, baile, y esa cosa rarísima de reírse con alguien recién conocido. Y ahora, con dolor de cabeza, en tres horas se hicieron cinco cosas: seguirla, mirar si siguió de vuelta, escribir un mensaje, borrarlo, y mandar otro —más corto, más misterioso— que en la propia cabeza suena a soltura y en la pantalla del otro suena a otra cosa.

Conviene detenerse ahí: entre la madrugada y las once no pasó nada. No hubo información nueva. Solo pasó tiempo, y alguien lo llenó.

Primero, una sensación física que miente con eficacia. Un zumbido en el pecho y en las manos que se siente como decisión, y que viene con una frase pegada: ahora o nunca. Empuja la compra que no estaba en el presupuesto. Y tiene un detalle que lo delata: nunca propone esperar; todas sus opciones se ejecutan en diez minutos. Una sensación que solo ofrece urgencias no es sabiduría: es química.

Séneca le dedicó tres libros al arrebato: De ira, hacia el año cuarenta y uno. Su receta tiene una simpleza que da risa: el mejor remedio contra la ira es la demora. No pide fuerza de voluntad —justo el recurso que falta en el arrebato—: pide no hacer nada por un rato, porque el arrebato no sobrevive al rato. La demora no vuelve sabio a nadie; le quita al impulso su única ventaja, la velocidad. Y deja una sola pregunta: ¿qué seguirá pareciendo buena idea mañana, sobrio? Lo que sobreviva es una decisión; lo que no, era adrenalina con vocabulario.

Ortega y Gasset, en Estudios sobre el amor, de 1939, pone la parte óptica. Separa el amor del enamoramiento, y describe el segundo casi clínicamente: un estrechamiento del campo de la conciencia. Lo llamó monoideísmo. El otro no se volvió más grande: se apagaron las luces alrededor. Y una atención estrechada no sabe medir. Sin nada con qué comparar, un mensaje sin responder es el evento central del día y un visto es un veredicto. No porque sean grandes: porque no hay nada más en la pantalla.

Falta la parte incómoda. René Girard, en Mentira romántica y verdad novelesca, de 1961, mostró que casi nunca se desea en línea recta. Creer que el deseo sale de uno y llega limpio al objeto es la mentira romántica; lo que hay es un triángulo: entre uno y el objeto siempre hay un tercer punto: un modelo, un rival, una resistencia. Y el corolario arde: el deseo no se debilita ante el obstáculo, se alimenta de él. Por eso hay quien descubre, con vergüenza, que las que dieron señal se le apagaron y que la que puede no darla lo quema. Hoy no se puede separar cuánto del brillo es de ella y cuánto es del riesgo. Y eso no se averigua mandando mensajes: se averigua esperando.

Porque el mensaje misterioso no crea intriga. Toma algo simple —me gustaste, quiero verte— y lo convierte en un acertijo. Lo que llega al otro lado no es qué interesante: es este está midiendo. Ahí está la paradoja: la maniobra existe para esconder cuánto importa, y su único efecto garantizado es demostrarlo. Nadie maniobra por algo que le da igual. El mensaje directo, en cambio, no se puede usar en contra de nadie: hay sí y hay café, o hay no y quedó alguien que dijo lo que quería.

Y la cosa difícil: la ansiedad no es por la persona, es por la señal. No duele no verla: duele no tener confirmación. Cuando el vínculo se vuelve una pregunta sobre si a uno lo eligen, el otro deja de ser persona y pasa a ser veredicto. Y a los veredictos no se los invita a un café: se los apura.

La praxis. El teléfono en otra habitación dos horas: no fuerza de voluntad, distancia física. Cero mensajes hoy; mañana, uno solo, directo, sin ingenio. Y al despertar, una línea: ¿sigo queriendo verla igual? Las dos respuestas sirven.

Gustar es un hecho y ya ocurrió. Insistir es lo que se hace cuando no se soporta que el hecho todavía no esté confirmado. La noche estuvo bien: se sostiene sola. Insistir no es gustar. Eso es hacerla linda.

Si le sirve a alguien, pásaselo

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