Estar bien no es sentirlo
El personaje que se cree su propio papel
Hay días en que el nudo no se queda en un solo lugar: empieza en la garganta y termina también en los ojos. No es que empeore — es que se expande. La garganta guarda lo que no se dijo; los ojos, lo que no se lloró. Cuando las dos se tensan a la vez, se sostiene al mismo tiempo una palabra retenida y una lágrima retenida. Dos caras de lo mismo.
A veces se quiere, más que nada, que los demás piensen que todo está bien. No es lo mismo estar bien que producir en otro la creencia de estarlo. Y al elegir la segunda, aparece casi siempre un miedo espejo: mientras se actúa la fortaleza, crece en silencio el temor de que alguien vea, atrás de la actuación, justo lo contrario.
Imagina un café en París, a fines de los años treinta. Un filósofo observa a un mozo que trabaja con precisión exagerada: camina rápido, se inclina apenas hacia adelante, controla la voz con cuidado artificial. Se llama Jean-Paul Sartre, y en El ser y la nada, de 1943, describe una escena célebre: ese mozo está jugando a ser mozo. Representa el papel, como si temiera que, al dejar de actuarlo un segundo, alguien note que atrás del uniforme hay una persona libre, que en cualquier momento podría no querer sostener esa bandeja.
Sartre llama a esto mala fe: convertirse, ante la mirada de otro, en algo fijo y definido —alguien que está bien, alguien feliz— para escapar de la angustia de ser, en realidad, una libertad abierta. Y el punto que más importa: la mirada del otro no controla porque el otro sea poderoso. Controla porque se elige, en ese instante, jugar el papel que se supone que esa mirada necesita ver. Nadie lo pidió explícitamente. Se decidió, sin que nadie lo exigiera, que la escena lo requería. Eso también es libertad — mal usada, pero libertad al fin.
Casi cien años antes, en Copenhague, un filósofo que escribió bajo pseudónimos publica, en 1849, un libro con título de diagnóstico médico y fondo de tratado filosófico: La enfermedad mortal. Se llama Søren Kierkegaard, y la enfermedad que describe no es física — es la desesperación. Su hallazgo más inquietante: la forma más peligrosa de desesperación es la que no se sabe a sí misma desesperación. La persona que funciona, que sonríe, que dice que está bien, y que ni frente a sí misma nombra lo que le pasa con su verdadero nombre.
Hay una desesperación particular que describe con precisión: la de quien quiere, con toda su fuerza, ser un yo que todavía no logra sostener del todo — y se apura a declararlo antes de tiempo. Decir "todo va a estar bien, estoy feliz" no es necesariamente falso. Pero la urgencia de decirlo, de convencer al otro y de convencerse a uno mismo en la misma frase, es el síntoma de que todavía no se terminó de habitarlo. Nadie necesita insistir en voz alta en aquello que ya sostiene con calma.
Y esto no es una condena. Kierkegaard es compasivo con esta enfermedad: el primer paso para salir de la desesperación no es dejar de sentirla, sino nombrarla como lo que es. Quien dice "estoy desesperado" ya está más cerca de sanar que quien dice "estoy bien" sin estarlo. Nombrar es el primer movimiento hacia afuera, no la prueba de que la enfermedad ganó.
La soledad, a veces, es el resultado de no poder comunicar cómo se siente uno realmente. No es que los demás no puedan ver — es que, con cuidado, se elige no mostrarse del todo.
Tres movimientos para estos días: elegir una sola persona —no todas— y decirle la versión sin editar; una frase alcanza. Cuando aparezca el pensamiento de que alguien piensa mal, sin ninguna prueba que lo sostenga, nombrarlo como lo que es y dejarlo pasar sin pelear. Y no apurarse a declarar que todo va a estar bien antes de sentirlo — se puede decir, en cambio: todavía no sé bien cómo estoy, y estoy en eso. Eso no es debilidad. Es empezar a nombrar.
No se puede ser visto por otro si no se hace visible el verdadero yo. Y eso empieza por dejar que la garganta y los ojos digan lo que llevan adentro, aunque sea frente a uno mismo. Eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo