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Ensayo · Jean-Paul Sartre

El estándar que no puse

Crónicas del lado bueno

27 junio 2026 3 min Jean-Paul Sartre · Aristóteles · Søren Kierkegaard

Esta semana se me rompió un equipo. No se desinfló: se rompió. La confianza, que es lo único que de verdad sostiene a un grupo de personas trabajando juntas, se quebró —de los dos lados— y cuando eso pasa no hay parche, hay que rehacer la estructura. Y lo primero que uno quiere hacer con un quiebre así es buscar al culpable. El que falló, el que no cumplió, el que se va. Pero llevo días con esto en la espalda —literal, en la espalda— y la verdad es más incómoda: la confianza no se rompió esta semana. Se rompió el día en que dejé un estándar difuso para ahorrarme una conversación.

Esa es la trampa que nadie nombra. Tratamos la crisis como el accidente. No es el accidente. Es el diagnóstico. Es la cuenta que llega, con intereses, por toda la claridad que pospuse para no incomodar a nadie.

Sartre tiene un nombre para esto, y arde: la mala fe. La mentira que uno se cuenta para escapar de su propia libertad. «Es buena gente.» «Está aprendiendo.» «No fue para tanto.» Cada una de esas frases me sonaba a comprensión, a liderazgo amable. Eran otra cosa: eran la excusa que me quitaba la fricción de encima —y se llevaba el poder con ella—. Porque cada vez que excuso cómo se hicieron las cosas, renuncio a mi libertad de poner el límite. Y Sartre es brutal acá: estás condenado a ser libre. Eso incluye ser responsable de lo que toleras. Poner un estándar no es dureza. Es recuperar la libertad que la excusa me había robado.

Y duele más todavía por lo que dijo Aristóteles hace dos mil años: el amigo es «otro yo». Lo que vale para los amigos vale para los equipos. El equipo que construí es el espejo de la medida que me cargo a mí mismo. Si me exijo claridad pero no la pido en voz alta, construyo un equipo que adivina. Si me trato como prescindible, dejo que me traten como prescindible y lo llamo confianza. La medida que traigo puesta no se queda en mí: se reparte. Mirar este quiebre no es buscar quién falló afuera. Es leer, en cómo me trataron, la vara que yo mismo bajé.

Falta lo más difícil de tragar, y lo pone Kierkegaard. Escribió que «la multitud es la no-verdad». La verdad no la sostiene el grupo que aplaude; la sostiene el individuo parado solo, bancándose no caer bien. Y ahí me agarra: parte de por qué dejé los estándares blandos fue para que el equipo me quisiera. Para no ser el malo. Pero el líder que necesita el aplauso de la manada no puede sostener una norma —la negocia, la diluye, hasta que un día no queda nada que sostener—. Liderar, a veces, es pararse aparte. No para castigar. Para ser el único en la sala que no soltó la vara.

Aterrizo. Me quedan tres conversaciones difíciles esta semana. Y por fin las entiendo bien: no son revancha, no son limpieza, no son castigo. Son yo poniendo, tarde, el estándar que dejé difuso. Una salida que ya está. Un feedback de frente. Dos piezas que hay que rehacer bien. Eso no es romper el equipo. Es lo contrario: es la única forma de reconstruir uno en el que se pueda volver a confiar.

Los japoneses reparan la cerámica rota con oro en las grietas. Kintsugi. No esconden la fractura: la subrayan, y la pieza vale más rota-y-reparada que entera. Mi equipo se quebró por donde estaba la línea de fractura que yo no quise ver. Esa grieta no es la vergüenza de la semana. Es exactamente el lugar donde va el oro —el estándar explícito, dicho en voz alta, que antes daba por entendido y nadie entendía.

Lo personal de esto te lo dejo como pregunta, porque a mí me arde y capaz a ti también. No la de esta semana. La de ahora mismo: ¿qué estándar estás dejando difuso —en un equipo, en una sociedad, en una relación— porque nombrarlo te cuesta una conversación incómoda? Esa conversación que estás evitando no es el riesgo. Es el oro. La grieta ya está. Tú decides si la rellenas o esperas a que la pieza se parta sola.

Eso es hacerla linda.

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