Desear no es rendir
Por qué el cuerpo falla justo cuando la persona importa demasiado
Hay una escena que le ha pasado a muchísima gente y que casi nadie cuenta, y por no contarse produce mucho más daño del que produciría contada.
Alguien conoce a alguien. Le gusta de una manera que le parece desmedida para el tiempo transcurrido. Se ven todos los días. Y entonces llega la primera noche, la que venía cargada con el peso de todas las anteriores, y el cuerpo no responde.
Lo que pasa después de eso es peor que eso.
Porque en los minutos siguientes se instala una explicación, y la explicación siempre viene con la misma forma: algo está mal conmigo. Y a partir de ahí el episodio deja de ser un episodio y empieza a ser un dato sobre la identidad. Que es, exactamente, la operación que garantiza que vuelva a pasar.
Vale la pena desarmarlo despacio, porque tiene tres capas y las tres se sostienen entre sí.
La primera capa es física y no es opinable
La erección depende del sistema nervioso parasimpático. El de la calma, el de la digestión, el del descanso. La adrenalina —que es simpática, que es la del examen, la del peligro, la de lo que importa mucho— la bloquea activamente. No la debilita: la bloquea. Es el mismo mecanismo por el que a alguien se le seca la boca antes de hablar en público.
De modo que la situación de máxima probabilidad de que esto ocurra no es la indiferencia. Es exactamente la contraria: la primera noche con alguien que importa demasiado.
Conviene decirlo con todas sus letras porque invierte por completo la conclusión que la gente saca. Un cuerpo indiferente no se traba. El cuerpo se trabó porque el deseo era enorme y venía cargado de significado. La falla, si es que se le quiere llamar así, no está en la falta de deseo. Está en el exceso de importancia.
Y sobre eso se apilan las cosas obvias que nadie cuenta en el momento: semanas viéndose todos los días, poco sueño, alcohol probablemente, novedad total, el cansancio acumulado de la euforia. Un sistema nervioso al que se le ha pedido mucho.
Nada de eso es un diagnóstico. Es una circunstancia.
La segunda capa es filosófica y explica por qué se repite
En 2012, un filósofo coreano-alemán publicó un libro breve y bastante brutal: Byung-Chul Han, La agonía del Eros. Su tesis es que el amor se está extinguiendo en las sociedades contemporáneas, y no por falta de oportunidades —hay más que nunca— sino por un cambio en el tipo de sujeto que las habita.
Han describe a ese sujeto como sujeto de rendimiento. Alguien que ya no se relaciona con el mundo desde el deber sino desde el poder: puedo, debo poder, tengo que optimizarme. Un empresario de sí mismo. Y su diagnóstico es que ese sujeto es incapaz de amar, por una razón precisa: el amor exige la capacidad de ser afectado por algo que uno no controla, y el sujeto de rendimiento ha convertido todo —el trabajo, el cuerpo, el descanso, el sexo— en un terreno donde hay que desempeñarse bien.
Y donde hay desempeño, dice Han, el otro deja de ser Otro. Se vuelve un espejo del propio rendimiento. Alguien ante quien uno queda bien o queda mal.
Esa es la trampa completa, y explica por qué el episodio se repite. Porque la segunda noche ya no compite con la primera: compite con el recuerdo de la primera. Ahora hay un antecedente, hay una expectativa, hay algo que demostrar. La ansiedad anticipatoria es el nombre técnico. Y es, literalmente, la instalación de un evaluador dentro de la cama.
Es imposible desear y evaluarse al mismo tiempo. Son operaciones que usan el mismo espacio. Cada gramo de atención puesto en cómo voy es un gramo que no está en la otra persona.
Y hay una formulación de esto que vale la pena robarle a otro terreno: medir es intervenir. No se puede medir algo sin cambiarlo. Un encuentro observado por su propio protagonista deja de ser un encuentro y pasa a ser una prueba con métrica. Y el cuerpo hace ante una prueba con métrica exactamente lo que haría cualquiera.
La tercera capa es la buena, y viene de 1677
Para desarmar lo anterior no alcanza con relajarse. Hay que cambiar de idea sobre qué es el deseo.
La tradición dominante en Occidente lo pensó como carencia. Está en el Banquete de Platón: Diotima explica que Eros es hijo de la Pobreza y el Recurso, y que por eso el que desea, desea lo que le falta. Deseo igual a hueco. Deseo igual a incompletud. Esa idea tuvo dos mil años de éxito y sigue siendo la que la gente usa sin saber que la está usando: por eso se siente humillante desear mucho, y por eso ser el que quiere más parece una posición de debilidad.
Baruch Spinoza rompió con eso en la Ética, publicada en 1677, el año de su muerte. Su definición es de otro planeta: el deseo es la esencia misma del hombre. No una falta, no un agujero, no algo que sobra: la potencia de persistir en el propio ser —lo que él llama conatus— vuelta consciente de sí.
La consecuencia es enorme y es liberadora sin ser blanda. Si el deseo es potencia y no carencia, desear mucho no es una vulnerabilidad: es literalmente ser mucho. No hay nada indigno en ser el que quiere más, porque no hay dos columnas que cuadrar. Y un cuerpo que se traba bajo un deseo enorme no está mostrando una falla de potencia: está mostrando una sobrecarga de potencia mal canalizada. Son cosas opuestas.
Spinoza insistía además en algo que aquí encaja perfecto: nadie ha determinado todavía lo que puede un cuerpo. Lo escribió para discutirle a Descartes, que creía que el alma manda y el cuerpo obedece. Spinoza decía que no: que el cuerpo tiene una lógica propia que el pensamiento no gobierna, y que la ignorancia sobre esa lógica es la fuente de casi todo el sufrimiento inútil.
Trescientos cincuenta años después, un cuerpo que no responde a la orden que se le dio sigue produciendo exactamente el mismo sufrimiento inútil.
Maurice Merleau-Ponty** lo terminó de cerrar en 1945, en la Fenomenología de la percepción, con una frase que debería estar en todas partes: no tenemos un cuerpo, somos un cuerpo. El cuerpo no es un instrumento que uno posee y opera. Es el modo en que uno está en el mundo. Y por eso, en el instante en que se le da una orden —funciona, responde, rinde—, se lo convierte en instrumento y deja de funcionar como cuerpo. **La orden misma es lo que rompe la cosa.
Lo que se necesita no es más control. Es menos.
Y una advertencia sobre el enamoramiento, que es la otra mitad
Hay una segunda cosa pasando en esta escena y conviene mirarla también, porque de lo contrario esto sería solo un consuelo, y los consuelos no sirven de nada.
En 1822 Stendhal publicó Del amor y describió un fenómeno al que le puso un nombre que se quedó: la cristalización.
Contaba que en las minas de sal de Salzburgo los trabajadores dejaban una rama seca en las profundidades, y meses después la sacaban cubierta de cristales brillantes, irreconocible, deslumbrante. Y decía que eso es exactamente lo que hace la mente enamorada: cubre a la persona real de perfecciones que no estaban en ella.
Lo importante —y es lo que se malinterpreta— es que Stendhal no lo dice con desprecio. Los cristales son reales. El deslumbramiento es real. Lo que no es real es su atribución: los diamantes no eran de la rama.
Enamorarse muchísimo en dos semanas es un hecho, y es un hecho hermoso. Pero dos semanas es, materialmente, muy poca información sobre una persona. La certeza que se siente en ese momento no proviene de haber conocido a alguien: proviene de la velocidad con la que la mente rellena lo que todavía no conoce. Y esa certeza se siente más sólida que cualquier dato, que es precisamente lo que la vuelve peligrosa como brújula.
Lo cual conduce a una regla práctica que no le quita nada al enamoramiento y evita casi todo el desastre: sentir todo, no decidir nada. Nada estructural, nada irreversible, ninguna etiqueta urgente, mientras dura la fase de cristalización. No por desconfianza hacia el sentimiento. Por respeto al tiempo. Lo que es real sobrevive a los meses. Lo que era cristal se disuelve solo, y se disuelve gratis si nadie firmó nada.
Y hay una prueba casera para distinguir una cosa de la otra, que tarda pero no falla: al que está mirando a una persona le interesa lo aburrido de esa persona. El horario, el trámite, cómo organiza la semana, qué le da pereza. Al que está mirando cristales, no. Al que mira cristales solo le interesa lo que brilla.
Lo que se hace el martes
Cuatro cosas, y ninguna es introspección.
Uno. Decirlo. En voz alta, corto, sin dramatizarlo y sin pedir perdón: me pasó porque me importas demasiado. Esta es la parte contraintuitiva: el silencio parece protección y es lo contrario. El silencio deja a la otra persona escribiendo sola la explicación, y la que escriba va a ser peor que la verdadera. Además, decirlo desactiva el secreto, y el secreto es la mitad del combustible de la ansiedad anticipatoria.
Dos. Quitarle el resultado al encuentro, por decisión y por un tiempo. No como resignación: como acuerdo explícito. Unas semanas en las que el sexo no tenga que llegar a ninguna parte. Es la única intervención que funciona y funciona rápido, porque no ataca el síntoma: despide al evaluador. Han, otra vez: donde hay rendimiento no hay eros. Sacar la métrica es lo que devuelve la cosa.
Tres. No auditar el vínculo mientras el vínculo está ocurriendo. No hay marcador. No hay que llevar la cuenta de quién muestra más, quién escribe primero, cómo va la noche. Es imposible prestar atención y llevar el marcador a la vez, y de las dos, solo una construye algo.
Cuatro. Preguntar por lo aburrido. Es la única manera de averiguar si lo que hay adelante es una persona o una rama con cristales. Y tiene una ventaja adicional: es también la manera más rápida de que la otra persona se sienta mirada, que es lo que todo el mundo está esperando y casi nadie recibe.
Y para cerrar, la distinción del día.
Desear es una potencia. Rendir es una medición.
Se parecen desde adentro porque aparecen en el mismo lugar y en el mismo momento, con el mismo cuerpo y la misma persona enfrente. Pero van en direcciones contrarias. El deseo abre y no pide nada. El rendimiento cierra y exige un resultado.
Y hay una ironía final que vale la pena guardar, porque es la que le devuelve la dignidad a la escena entera: al cuerpo no se le trabó por falta de deseo. Se le trabó por exceso.
Eso no es una falla que haya que corregir. Es, si se lo mira bien, una noticia bastante buena.
No eres lo que piensas. Eres lo que haces el martes.
Si le sirve a alguien, pásaselo