Desaprender no es perder
Sobre el truco que todavía funciona y por eso no se revisa
Hay tres movimientos en cualquier aprendizaje: aprender, desmontar lo aprendido, y aprender de nuevo. El del medio es el que nadie hace.
Aprender lo hace todo el mundo; es lo que nos enseñaron a llamar crecer. Volver a aprender también suena bien. Pero desmontar no tiene prensa. No hay diplomas de desaprendizaje, no entra en el currículum, y mientras dura no se parece al progreso: se parece a estar perdiendo el tiempo.
Y el diagnóstico incómodo no es que algo falle. Es este: lo que sabes hacer todavía funciona, pero ya no consigue la reacción que conseguía antes.
Eso es peor que fallar, porque no avisa.
Pierre Bourdieu llamó habitus al conjunto de disposiciones incorporadas que uno adquiere en un entorno concreto —maneras de moverse, de hablar, de leer una sala— y que después ejecuta sin pensar, porque dejaron de ser ideas y se volvieron cuerpo.
El habitus no es un defecto: es eficiencia. Si hubiera que deliberar cada gesto, uno no llegaría a la puerta.
El problema aparece cuando el entorno cambia y las disposiciones no. Bourdieu lo llamó efecto de histéresis —el término viene de la física, el retraso de un material en responder a un cambio—: las disposiciones adquiridas en unas condiciones siguen operando en otras, donde ya no encajan.
Y aquí está lo difícil de detectar: el habitus desfasado no produce un fracaso limpio. Si lo produjera, se corregiría mañana. Produce desajuste. Las cosas siguen saliendo, más o menos; solo que cuestan un poco más y devuelven un poco menos. Y como siguen saliendo, no hay ningún momento en que el sistema avise que ya es hora.
¿Y por qué no se corrige, si el desajuste se siente? Jean Piaget dio la respuesta con dos operaciones.
Asimilación: meter lo nuevo dentro del esquema que ya se tiene. «Esto es como aquello que ya conozco.» El esquema no cambia; lo que se deforma un poco es la cosa nueva, para que entre. Acomodación: cambiar el esquema, porque lo nuevo no entra. Ahí no se deforma la cosa: se deforma uno.
La asimetría es brutal: asimilar es barato, acomodar es caro. Asimilar deja intacto, es rápido, no duele, y encima produce la sensación de haber entendido — lo más parecido a aprender que existe sin serlo. Acomodar obliga a desarmar algo que funcionaba, y mientras se desarma no se tiene ni lo viejo ni lo nuevo.
Por eso la mente asimila casi siempre. Ante algo desconocido, la primera operación no es mirar: es buscar a qué se parece. Y en cuanto aparece el parecido, se deja de mirar.
La versión cotidiana de eso es el diccionario de sinónimos: buscarle otro nombre a lo mismo. Llamarle pausa a una huida, prudencia al miedo, táctica a lo que fue silencio. La palabra cambia, el esquema no, y queda la sensación de haber trabajado.
La estructura de los tres movimientos, por lo demás, ya estaba escrita. Es la primera página de Así habló Zaratustra (1883): camello, león, niño.
El camello pide carga: aguanta, acumula, reverencia lo difícil. Es aprender, y es imprescindible. El león sale al desierto y pelea contra un dragón llamado «Tú debes», que lleva en cada escama una ley antigua; su victoria es una sola: conquistar la libertad de decir no. El niño es «inocencia y olvido, un nuevo comienzo, una rueda que gira sola, un sagrado decir sí».
Y el detalle que casi siempre se pierde al contarlo es el más importante: el león no crea nada. Nietzsche es explícito — el león no puede crear valores nuevos. Lo único que puede es hacer sitio.
Eso tiene una consecuencia que conviene decir sin maquillaje: la fase del medio se siente como pérdida porque es una pérdida. Desmontar no viene con recompensa. Entre soltar lo viejo y tener lo nuevo hay un tramo con las manos vacías, y ese tramo no es un error del proceso: es el proceso. Quien no logra cambiar rara vez falla por falta de fuerza — falla porque no tolera el desierto y vuelve a agarrar lo que soltó, que al menos hacía algo.
Falta el contrapeso, porque sin él esto se vuelve una arenga contra la rutina. John Dewey, en Naturaleza humana y conducta (1922), escribió la mejor defensa del hábito que existe: sin hábitos no hay carácter ni destreza. Un pianista que decidiera cada dedo no tocaría música. El hábito no es lo contrario de la inteligencia: es su infraestructura.
Lo que Dewey distingue no es hábito contra libertad, sino hábito inteligente contra rutina: el primero se adapta cuando las condiciones cambian; la segunda se ejecuta igual aunque el mundo ya no sea el mismo, y encima se defiende. Y añade algo decisivo: el hábito rígido no se vence con fuerza de voluntad, porque lo sostiene un entorno que lo sigue premiando. Se vence cambiando las condiciones que lo alimentan.
Queda lo más incómodo, y es estructural: esto no se puede hacer solo.
Nadie puede ver su propio habitus. Está incorporado, es automático, opera por debajo del nivel donde uno se observa. Y como se ejecuta sin deliberación, desde adentro no se percibe como una técnica: se percibe como ser uno mismo.
Ese es el punto ciego exacto. Un truco viejo, visto desde dentro, no se ve como truco. Se ve como personalidad. Y a lo que se presenta como identidad no se le ocurre a nadie revisarlo, porque revisarlo se sentiría como traicionarse.
Por eso hace falta alguien de afuera. No para dar consejos ni ánimo ni la razón: para decir qué gesto dejó de funcionar — el único dato que uno no puede generar por su cuenta, no por falta de honestidad, sino porque está parado adentro.
La tarea, entonces, no es abandonar la rutina. Es sacarle una. Nombrar tres cosas que uno sabe hacer bien y usa sin pensar, ponerles fecha de aprendizaje, y hacerse la pregunta que duele: ¿en qué mundo aprendí esto, y ese mundo sigue existiendo?
Después, marcar una sola: la que sigue funcionando y devuelve menos. Y escribir qué pasaría si no se usara la próxima vez que la situación la pida. No qué se haría en su lugar — eso todavía no se sabe, y pretender saberlo ya es asimilación.
El niño viene después del león, no al mismo tiempo. Hoy alcanza con dejar de defender el truco.
Desaprender no es perder. Es soltar una herramienta que todavía sirve para algo, sabiendo que ya no sirve para esto.
Y eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo